Yo no hablo del amor, ese que adorna
normal una pareja por costumbre,
les hablo de ese otro...el que trastorna
y abraza al corazón como una lumbre.
Les hablo de ese amor que diviniza
del amor que nos toma y marca huella,
del amor que sorprende y nos hechiza
y que vemos brillar como una estrella.
Yo no hablo del amor ese que forma
artificial perfil tras la neblina,
del amor que con poco se conforma
y vegeta aburrido en la rutina.
Les hablo de ese amor...del que yo siento
que levita y forma luz en las pasiones
del que deja volcado el sentimiento
en llamas que consumen corazones.
Les hablo de ese amor que llega y toca
el alma con su magia en desmedida
de ese, que por el beso de una boca
se juega sin pensar...hasta la vida.
jueves, 10 de junio de 2010
miércoles, 26 de mayo de 2010
Me quedaré contigo, pero sin ti.
Me quedaré con tus sonrisas, tus bromas, las sorpresas, tus mensajes a las tantas de la madrugada, tus notitas imprevistas, las fotografías, los silencios no incómodos, nuestras canciones, todas las películas que no vimos, las noches que hemos compartido: mirando las estrellas conociéndonos mejor, caminando por la costa, riéndonos de tantas cosas. Con todas las peleas, las reconciliaciones, los ataques de risa, los escritos que te escribí, nuestras pequeñas manías, los abrazos, los besos,las cosas que has hecho sin querer, las q hiciste queriendo, las q te dije sin pensarlo y las q te dije envenenado de rabia y rencor…
Nuestra manera loca de ver el mundo…
Me quedaré contigo, pero sin ti.
Nuestra manera loca de ver el mundo…
Me quedaré contigo, pero sin ti.
viernes, 21 de mayo de 2010
Las primeras miradas(Mario Benedetti)
Nadie sabe en qué noche de octubre solitario,
de fatigados duendes que ya no ocurren,
puede inmolarse la perdida infancia
junto a recuerdos que se están haciendo.
Qué sorpresa sufrirse una vez desolado,
escuchar cómo tiembla el coraje en las sienes,
en el pecho, en los muslos impacientes
sentir cómo los labios se desprenden
de verbos maravillosos y descuidados,
de cifras defendidas en el aire muerto,
y cómo otras palabras, nuevas, endurecidas
y desde ya cansadas se conjuran
para impedirnos el único fantasma de veras.
Cómo encontrar un sitio con los primeros ojos,
un sitio donde asir la larga soledad
con los primeros ojos, sin gastar
las primeras miradas,
y si quedan maltrechas de significados,
de cáscara de ideales, de puresas inmundas,
cómo encontrar un río con los primeros pasos,
un río -para lavarlos- que las lleve.
de fatigados duendes que ya no ocurren,
puede inmolarse la perdida infancia
junto a recuerdos que se están haciendo.
Qué sorpresa sufrirse una vez desolado,
escuchar cómo tiembla el coraje en las sienes,
en el pecho, en los muslos impacientes
sentir cómo los labios se desprenden
de verbos maravillosos y descuidados,
de cifras defendidas en el aire muerto,
y cómo otras palabras, nuevas, endurecidas
y desde ya cansadas se conjuran
para impedirnos el único fantasma de veras.
Cómo encontrar un sitio con los primeros ojos,
un sitio donde asir la larga soledad
con los primeros ojos, sin gastar
las primeras miradas,
y si quedan maltrechas de significados,
de cáscara de ideales, de puresas inmundas,
cómo encontrar un río con los primeros pasos,
un río -para lavarlos- que las lleve.
¿Y si este ir y venir de palabras atravesando el tiempo y el espacio no es inocente?
Antes, después del penúltimo y sin alcanzar el último «fin», cuando no había nada y cada cosa podía ser todo y para siempre, pero no aún. Antes de tí y de mí, ayer, cuando era todavía lo que ya no es nada, o casi nada; cuando la vida era algo distinto de lo que ahora es —o queremos que sea—; cuando el futuro no era este presente al que nos empujamos, cuando vivir, amar, respirar, caminar, ser, no eran cosas sencillas. Antes, cuando las cosas no estaban en su sitio y, sin embargo, el orden parecía cierto y definitivo; cuando el horizonte no te contenía, y te imaginaba sin saberte cierto y el amor era una condena, y sus cadenas. Antes, cuando las mariposas eran sólo unos bichitos que volaban mientras sus alas desconocidas sumaban caos al caos existente para precipitarnos hasta el ahora que no termina. Antes, cuando nosotros sólo era un maldito, hipotético, impensado pronombre.
¿Se puede predecir lo impredecible? ¿Qué clase de criatura querría hacerlo?
Antes, después del penúltimo y sin alcanzar el último «fin», cuando no había nada y cada cosa podía ser todo y para siempre, pero no aún. Antes de tí y de mí, ayer, cuando era todavía lo que ya no es nada, o casi nada; cuando la vida era algo distinto de lo que ahora es —o queremos que sea—; cuando el futuro no era este presente al que nos empujamos, cuando vivir, amar, respirar, caminar, ser, no eran cosas sencillas. Antes, cuando las cosas no estaban en su sitio y, sin embargo, el orden parecía cierto y definitivo; cuando el horizonte no te contenía, y te imaginaba sin saberte cierto y el amor era una condena, y sus cadenas. Antes, cuando las mariposas eran sólo unos bichitos que volaban mientras sus alas desconocidas sumaban caos al caos existente para precipitarnos hasta el ahora que no termina. Antes, cuando nosotros sólo era un maldito, hipotético, impensado pronombre.
¿Se puede predecir lo impredecible? ¿Qué clase de criatura querría hacerlo?
jueves, 13 de mayo de 2010
LOS AMOROSOS (JAIME SABINES)
Los amorosos callan.
El amor es el silencio más fino,
el más tembloroso, el más insoportable.
Los amorosos buscan,
los amorosos son los que abandonan,
son los que cambian, los que olvidan.
Su corazón les dice que nunca han de encontrar,
no encuentran, buscan.
Los amorosos andan como locos
porque están solos, solos, solos,
entregándose, dándose a cada rato,
llorando porque no salvan al amor.
Les preocupa el amor. Los amorosos
viven al día, no pueden hacer más, no saben.
Siempre se están yendo,
siempre, hacia alguna parte.
Esperan,
no esperan nada, pero esperan.
Saben que nunca han de encontrar.
El amor es la prórroga perpetua,
siempre el paso siguiente, el otro, el otro.
Los amorosos son los insaciables,
los que siempre —¡qué bueno!— han de estar solos.
Los amorosos son la hidra del cuento.
Tienen serpientes en lugar de brazos.
Las venas del cuello se les hinchan
también como serpientes para asfixiarlos.
Los amorosos no pueden dormir
porque si se duermen se los comen los gusanos.
En la obscuridad abren los ojos
y les cae en ellos el espanto.
Encuentran alacranes bajo la sábana
y su cama flota como sobre un lago.
Los amorosos son locos, sólo locos,
sin Dios y sin diablo.
Los amorosos salen de sus cuevas
temblorosos, hambrientos,
a cazar fantasmas.
Se ríen de las gentes que lo saben todo,
de las que aman a perpetuidad, verídicamente,
de las que creen en el amor como en una lámpara de inagotable aceite.
Los amorosos juegan a coger el agua,
a tatuar el humo, a no irse.
Juegan el largo, el triste juego del amor.
Nadie ha de resignarse.
Dicen que nadie ha de resignarse.
Los amorosos se avergüenzan de toda conformación.
Vacíos, pero vacíos de una a otra costilla,
la muerte les fermenta detrás de los ojos,
y ellos caminan, lloran hasta la madrugada
en que trenes y gallos se despiden dolorosamente.
Les llega a veces un olor a tierra recién nacida,
a mujeres que duermen con la mano en el sexo, complacidas,
a arroyos de agua tierna y a cocinas.
Los amorosos se ponen a cantar entre labios
una canción no aprendida.
Y se van llorando, llorando
la hermosa vida.
El amor es el silencio más fino,
el más tembloroso, el más insoportable.
Los amorosos buscan,
los amorosos son los que abandonan,
son los que cambian, los que olvidan.
Su corazón les dice que nunca han de encontrar,
no encuentran, buscan.
Los amorosos andan como locos
porque están solos, solos, solos,
entregándose, dándose a cada rato,
llorando porque no salvan al amor.
Les preocupa el amor. Los amorosos
viven al día, no pueden hacer más, no saben.
Siempre se están yendo,
siempre, hacia alguna parte.
Esperan,
no esperan nada, pero esperan.
Saben que nunca han de encontrar.
El amor es la prórroga perpetua,
siempre el paso siguiente, el otro, el otro.
Los amorosos son los insaciables,
los que siempre —¡qué bueno!— han de estar solos.
Los amorosos son la hidra del cuento.
Tienen serpientes en lugar de brazos.
Las venas del cuello se les hinchan
también como serpientes para asfixiarlos.
Los amorosos no pueden dormir
porque si se duermen se los comen los gusanos.
En la obscuridad abren los ojos
y les cae en ellos el espanto.
Encuentran alacranes bajo la sábana
y su cama flota como sobre un lago.
Los amorosos son locos, sólo locos,
sin Dios y sin diablo.
Los amorosos salen de sus cuevas
temblorosos, hambrientos,
a cazar fantasmas.
Se ríen de las gentes que lo saben todo,
de las que aman a perpetuidad, verídicamente,
de las que creen en el amor como en una lámpara de inagotable aceite.
Los amorosos juegan a coger el agua,
a tatuar el humo, a no irse.
Juegan el largo, el triste juego del amor.
Nadie ha de resignarse.
Dicen que nadie ha de resignarse.
Los amorosos se avergüenzan de toda conformación.
Vacíos, pero vacíos de una a otra costilla,
la muerte les fermenta detrás de los ojos,
y ellos caminan, lloran hasta la madrugada
en que trenes y gallos se despiden dolorosamente.
Les llega a veces un olor a tierra recién nacida,
a mujeres que duermen con la mano en el sexo, complacidas,
a arroyos de agua tierna y a cocinas.
Los amorosos se ponen a cantar entre labios
una canción no aprendida.
Y se van llorando, llorando
la hermosa vida.
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